viernes, 27 de junio de 2014

A Pinto (o Lecciones de la primera ronda)





Este Mundial nos ha recordado una obviedad que casi siempre opacan ciertos mitos: los partidos son concretos. Tal vez el resultado más impresionante que yo recuerde de los mundiales haya sido el de Costa Rica contra Italia (¿el Argentina-Camerún en el 90?; ¿el Francia-Senegal en el 2002?); no solo porque nadie lo esperaba futbolísticamente, sino por una cantidad de mitos que rodean el fútbol y que muchas veces terminan por ser verdaderos.

Hagamos el ejemplo con ese partido: en la fecha anterior Costa Rica había mostrado un excelente esquema táctico, una fortaleza física envidiable y varios talentos individuales frente a Uruguay. ¿Por qué debía ganar Italia? Por historia, por experiencia, por tradición, por tener jugadores en las mejores ligas del mundo (este último me parece un mejor argumento: estar en una liga exigente quiere decir que el jugador es exigido, se enfrenta a los mejores). Seguramente se me escapa alguna otra razón. Pero detengámonos por ahora en estas. ¿Historia? ¿Experiencia? ¿Tradición? Italia ha ganado cuatro copas del mundo, una Eurocopa, ha participado en casi todas las citas mundialistas, ha organizado dos de estas. Por el lado de Costa Rica, este es su tercer Mundial y... nada más. 

¿Cuál de estas razones juega efectivamente en el campo de juego? ¿Cuántos de los jugadores que actúan para Italia ganaron esos cuatro Mundiales? ¿Cuántos tuvieron que ver con la organización de alguno de las copas en Italia? Solo hubo tres campeones del 2006 en Brasil, pero una vez dentro del juego contra Costa Rica eran solamente lo que eran en ese momento. No compartían nada con los campeones del 34 o del 38, ni siquiera la camiseta.

Cuando decimos “los italianos” nos referimos a aquellos que han nacido dentro de un espacio específico, nada más. Actualmente ni siquiera eso: Thiago Motta, por ejemplo, nació en Brasil, y hay cifras que indican que hasta 85 jugadores nacidos en un país están jugando el Mundial con otro. Habría que apuntar entonces que decir “la selección de Italia” es hablar de una institución abstracta (de la que hoy no queda nadie vivo de aquella del 34) formada por diferentes jugadores concretos durante casi 100 años que han jugado bajo ese nombre. “Italia” no es nada más que eso, ni su esencia “defensiva” de la que tanto se habla, ni su historia, ni su tradición. Este mito se vuelve verdadero cuando hay quien se lo cree (idealismo básico). Hemos visto muchas veces que Italia gana “de camiseta” (que es otra manera de decir “historia”, “experiencia”). Lo hace porque al otro lado hay quien cree que la historia cuenta, que esa camiseta azul es la misma de hace ocho o treinta años, que corre las misma sangre por unas supuestas mismas piernas. 

Quitarse de la cabeza esas ideas no futbolísticas, sino culturales y humanas, es lo más difícil del mundo. Ese día hubo alguien que no creyó en eso y se lo hizo creer a sus jugadores.

jueves, 26 de junio de 2014

En defensa




Con las imágenes que tenemos creo que no hay duda: Suárez debió ser expulsado. El reglamento es claro: “juego brusco grave” o “conducta violenta”. Desde hace poco el reglamento también permite que pueda sancionarse a un jugador después del partido aunque el árbitro no lo haya hecho en el transcurso del juego. Suárez acaba de ser sancionado con nueve partidos y cuatro meses. ¿Cuánto le espera a Neymar por el codazo deliberado en el partido contra Croacia? ¿Y a Song? ¿Cuántos años sin fútbol a Fred por fingir de manera tan descarada? Pero… un momento… no, reviso y me entero de que no existe ninguna investigación en contra de estos jugadores.


No quiero entrar en el juego de las razones: que Uruguay es un país pequeño, que la persecución contra Suárez viene desde hace años, que la prensa brasilera puso presión, que la FIFA y Brasil… Lo que no me cuadra merece otro tipo de interpretación: ¿por qué un mordisco es sancionado de esa manera tan exagerada y drástica, mientras que un codazo o una patada, hasta un cabezazo son entendibles? La cuestión es moral; un mordisco es incomprensible: el tipo está loco, está enfermo, es un monstruo. Tampoco quiero ahondar en este aspecto ridículo y social de nuestra civilización (quien quiera hacerlo permítame remitirlo al cuento de Borges, “El informe de Brodie”). Este tipo de interpretaciones son entendibles en las redes sociales, en los chistes entre amigos, en la seriedad de la hora del té entre abuelitas, en el primer ministro, pero no corresponden al fútbol (si Adidas deja de patrocinarlo, que lo haga, si Cameron prohibirá a sus hijos ver los partidos del Liverpool y de Uruguay que lo haga). Ni la FIFA ni la prensa (cuya delgada línea entre sensacionalista y moralista se ve en estos casos, especialmente en Inglaterra) deportiva puede caer en eso. La democracia, como erróneamente hemos entendido por más de 2500 años, no consiste en lo que manda la mayoría –en este caso la crucifixión de Suárez. Consiste en tratar a todos por igual. No me parece que una patada deliberada que puede lesionar gravemente a un jugador, o un codazo que puede romperle la nariz a otro sean más tolerados que un mordisco que más allá del dolor del instante y la indignación social de nuestros moralistas, no tiene otra consecuencia. Más fútbol, menos Victoria. 

viernes, 13 de junio de 2014

De Van Persi a Borgetti (o pequeña reseña de goles de cabeza)





Quique Wolff se queja constantemente de la ausencia de goles de cabeza en el top de los mejores en ESPN. Muchas veces lo hace sin razón; es raro el fin de semana en el que los cabezazos que han terminado en gol puedan contarse entre los mejores.

¿Qué hace que un gol de cabeza sea un golazo? La jugada previa, la distancia desde la que el jugador cabecea, la dificultad del centro, la importancia del partido y del momento del partido. El fantástico gol de Van Persie hoy me recordó uno de los mejores goles que recuerdo en una Copa del Mundo. Tal vez los más recordados de cabeza sean los dos de Zidane en la final del 98 o el de Pelé en la final del 70, pero no sé si califiquen como grandes goles. De los ítems que arriba señalé tan solo cumplen con el último: la importancia del partido. ¿Qué tuvo el de Van Persie hoy? Creo que los cuatro, pero con un agregado: ¿Fue una palomita picada? ¿Una palomita en globo? Una palomita generalmente puede ser tan potente como un remate al arco, pero esta fue un suave globo que dejó perplejo a Casillas (¿fue su intención? ¿Quiso hacerlo Van Persie? Pero recuerden que los hombres y su voluntad son otro tipo de Victoria: tampoco cuentan para hablar de fútbol). Lo que quiero decir es que el agregado de este gol fue su extrañeza, lo que me lleva al punto principal.

En el 2002, México se enfrentaba en el último partido de su grupo contra Italia. Se definía quién pasaría primero del grupo (importancia del partido). En el primer tiempo, México recuperó una pelota en su propia área y la pasó y la pasó al borde del área italiana; en el video se puede oír el “ole, ole” (jugada previa). Cuauhtémoc Blanco lanzó un centro que pudo haberse perdido, que casi cualquier delantero habría perdido, que era un mal centro, en realidad (dificultad del centro), pero Borgetti hizo que se convirtiera en un pase preciso y fantástico a su cabeza. Cabeceó al borde de las 5,50, pero no al frente del arco ni al palo más cercano. Si nos ponemos a medir la distancia entre el cabezazo y el lugar por donde entra la pelota, podemos pensar que hay acaso los 11 metros del punto penal. ¿Y la extrañeza, preguntará el lector? Lo
hizo de espaldas a la portería. Borgetti le metió un gol de cabeza a Buffon, a Italia, en un mundial. De espaldas.

miércoles, 11 de junio de 2014

Predicciones





De afán dejo por acá mis predicciones:

Final: Alemania y Brasil.
Sorpresas: Costa de Marfil y Suiza.
Peores equipos: Irán y Australia.
Colombia eliminada en segunda ronda por Uruguay. Si le toca contra Italia, Colombia puede ganar y pasar a cuartos.

martes, 10 de junio de 2014

A un día del mundial



"Yo pensé que se hablaba mucho más de fútbol aquí,
es una pena"
Tata Martino




Dos eventos que son símbolos me llevan a empezar este blog. El primero ocurrió hace unos diez días mientras hojeaba el periódico del domingo por casualidad. Los artículos de política, de economía  y de cultura abundaban en moralismos. Esto sin contar que las secciones estaban divididas según lo que el lector debía (“debes leer”, “debes hacer”, “debes saber”). Los imperativos eran morales o funcionales, cosa que hoy en día (pero también hace 500 y 2000 años) es un pleonasmo: lo que es bueno es lo que sirve (ya lo ha denunciado Spinoza, con menos eufemismos que los míos). Nada me sorprendió tanto como cuando abrí las páginas de deportes. En un artículo, Jorge Barraza, importantísimo periodista, editor de la revista de la Conmebol, ¡argentino!, hablaba de la más reciente final de la Champions League. Adivinen en qué términos; sí, morales. Que si Ronaldo era buen tipo o no, que si el Real era ejemplo íntegro o no.

El segundo evento tiene que ver con un artículo de Terry Eagleton que leí también hace poco. Eagleton resume el viejo alegato contra el fútbol como el nuevo opio del pueblo. Aparte del irónico y fantástico comentario en el que define a Mourinho como el nuevo Uno Indivisible que reemplaza a Dios, el artículo es un ejercicio sociológico e intelectual lleno de lugares comunes; en su mayoría son ciertos, ese no es el punto, quiero evidenciar que todos están vedados por lo moral: ¿es el fútbol bueno o malo?

Nótese que mientras Barraza (y lo que simboliza) se ocupaba desde dentro del fútbol a juzgar moralmente a sus participantes, Eagleton (y lo que simboliza) juzgaba igualmente desde afuera la institución fútbol, la entidad como tal. Este último también denunciaba la falta de exigencia intelectual en las discusiones sobre este deporte (y no hay duda que Barraza es un buen ejemplo).


No quiero alargar más esta primera entrada, la brevedad intentará ser protagonista en este blog. La pregunta esencial es: ¿Es posible hablar de lo específico de este deporte sin falacias, seriamente (es decir, con ironía)? ¿Se puede hablar de una ética del fútbol? ¿Es posible dejar de jugar a ser Platón cuando se habla de fútbol? ¿Se puede tener una discusión sobre David Beckham sin hablar de Victoria?