lunes, 14 de julio de 2014

Los números de Colombia




No había hablado hasta ahora de la participación de Colombia en el Mundial, pero marca.com publicó una herramienta fantástica sobre los números de Brasil 2014, y los datos que vi de la selección de Pékerman me llamaron mucho la atención. Sé que hay muchos descreídos de las estadísticas y muchas veces tienen razón (Gago fue llevado al Mundial porque era quien más pases acertados le daba a Messi; fue acaso el argentino de peor presentación), pero haré un ejercicio de hipótesis que pueden desprenderse de los números para ver si reflejan lo que vimos.

1.       Colombia es el tercer equipo con más goles del torneo (12), y el segundo que más anotó en promedio (2,4 por partido), solo detrás de Alemania. Nueve de esos goles fueron de jugada, solo tres de balón parado. Diez recibieron asistencia; esto quiere decir que no hubo goles de rebote o de suerte o autogoles; la selección elaboraba sus anotaciones. Hipótesis A: Colombia era un equipo ofensivo.
2.       Colombia hizo apenas 57 tiros al arco; 38 dentro de los tres palos y 19 por fuera. Esto da un promedio de 11,4 por partido, lo que la ubica en el puesto 23 entre las 32 selecciones, inclusive por debajo de los tres rivales a quienes superó en la fase de grupos (Grecia, Costa Rica y Japón). Hipótesis A en duda. Hipótesis B: Colombia era un equipo ofensivo, pero con pocos tiros al arco.
3.       Colombia atacó en promedio 31,2 veces por partido, lo que la deja en el puesto 27 dentro de este ítem, apenas superando a países como Australia e Irán, que no hicieron un solo punto. Tuvo un promedio de apenas cuatro tiros de esquina por partido (puesto 25 entre las 32 selecciones). Creo que se descartan las hipótesis A y B. Hipótesis C: Colombia jugaba al contragolpe.
4.       Si Colombia elaboraba sus jugadas de gol, si vimos y oímos hasta el cansancio que era la selección que mejor “jugaba al fútbol”, supondríamos (hipótesis D) un nivel alto de pases, o al menos cercano al de Alemania, la selección del “tiqui taca” este mundial. Sin embargo, este es el ítem en el que Colombia se ubica más abajo. Está en el puesto 29, con una media de 295,5 pases por partido (para que se hagan una idea, Alemania hacía el doble).

Hechos: Colombia fue un equipo sumamente efectivo, más que ofensivo: completó pocos pases, pero hizo más pases de gol en promedio que cualquier otra selección (2 por partido). Atacó poco, disparó pocas veces al arco, pero fue el segundo equipo con más goles en promedio del Mundial. Cometió muchísimas faltas (en el promedio solo lo superan Costa Rica y Uruguay), pero apenas recibió una tarjeta amarilla por partido (puesto 28 entre 32).

Quienes recuerden a Jhon Viáfara, es muy probable que lo hagan por sus golazos de media distancia. Yo lo recuerdo por su expulsión en la final del fútbol colombiano de 2012 y en un definitivo partido de la selección contra Chile, por su juego sucio, por su individualismo, su falta de carácter táctico y técnico. Debió meter unos veinte goles desde fuera del área en… qué… ¿600 partidos? Si en cada partido disparo al arco dos o tres veces desde lejos, eventualmente alguna pelota terminará por entrar, algún día; por estadística, no por talento (hasta en la interminable obra de Benedetti se ha encontrado algún verso que vale la pena).

Hipótesis final: Pékerman apostó por pocas oportunidades, por eficacia, por confianza en los aciertos, no en las eventualidades, no en la suerte. El planteamiento táctico de Pékerman no era ofensivo ni se basaba en la posesión del balón, ni en el contragolpe. Apostó por un juego en el que la concentración y el nivel de acierto de los jugadores era vital. Colombia ganó y brilló porque individualmente fue superior, porque había un perfecto entendimiento de equipo, porque se escuchó y obedeció el planteamiento táctico. Su objetivo (y su método) era simple: meter más goles que el rival.



jueves, 10 de julio de 2014

La primera línea de volantes




Scolari tenía dos opciones: 1. Formar en la mitad defensiva con dos jugadores físicos (Paulinho y Luiz Gustavo), jóvenes (P: 25, LG: 26), altos (P: 1,82m; LG: 1,87m), duros, fuertes, pesados (P: 71kg; LG: 80kg), de poco manejo de balón y poco gol. 2. Poner a dos más experimentados (Ramires: 27 y Fernandinho: 29), más bajos (R: 1,79m; F: 1,76m), más flacos (R: 64kg; F: 67kg), con mayor manejo de balón, con más gol. Eligió la primera opción, y Fernandinho solo empezó de titular cuando alguno de los dos estaba suspendido o con alguna molestia física; Ramires apenas entró ocasionalmente en algunos partidos a jugar los últimos minutos. Esta elección es, estoy seguro, la más polémica de todas. Era en la única línea donde Brasil podía dudar (y acaso por la derecha, entre Dani Alvez y Maicon). Delanteros no tenía más, los centrales eran casi los mejores del mundo, Marcelo, Oscar y  Neymar no tenían reemplazo. Casi cualquier entrenador habría formado con esos jugadores como titulares, la cuestión de los volantes retrasados era la única que podía generar alguna duda.

La elección de Scolari fue política (es decir, fue una declaración de principios). Haber puesto a Ramires y a Fernandinho era decir que apostaría por la posesión de pelota, por el riesgo, por socios para Neymar (era decir: "Neymar no puede solo"), por un equipo pensado cuando se tuviera el balón y algo menos cuando se perdiera. Eligió la primera opción, y dijo con eso lo que vimos: un equipo físico, brusco, que dejaba a Neymar todo el peso y no se arriesgaba atrás. Declaraba cierta su famosa, pero acaso apócrifa frase: "pasa el balón pero no el hombre". Inclusive cuando Fernandinho fue titular vimos a un jugador desesperado por imitar a quien reemplazaba. No había rasgos del volante campeón con el City, que jugaba al toque y tenía un fantástico remate de larga distancia. Y es que la política de Scolari fue aplanadora: haber decidido por esos dos jugadores en el medio del campo implicó y decidió la manera de jugar de los demás: Oscar pegaba (con lo que podía, era el más pequeño de todos), Hulk, Neymar, ¿Fred?, Marcelo, Dani Alvez.

He dejado para lo último a David Luiz y a Thiago Silva. Son los centrales, son quienes más propiedades físicas tienen en todos los equipos, los que más pegan, generalmente los más altos. En esta ocasión Brasil tenía a la que no pocos llaman la mejor pareja de centrales del mundo (al menos son los más costosos de la historia: el PSG pagó 50 millones de euros por el primero, 42 por el segundo). ¿Para qué reforzar el frente de estos con dos hombres con las mismas características, o, al menos, con las mismas funciones? Si había tanta seguridad atrás, ¿para qué desaprovechar el medio de esa manera? ¿Por qué no se puso al menos a uno de los volantes de la primera línea con características diferentes? Alguien más cerca de Neymar (vean lo que está haciendo Macherano), alguien que recuperara el balón con menos falta y lo tuviera, y levantara la cabeza e hiciera un buen pase. Alguien que rematara de afuera, alguien con quien Neymar pudiera hacer una pared, alguien que habilitara a Hulk, a ¿Fred?

Me dirán que su estrategia funcionó (ganó tres partidos y empató dos antes de la semifinal). Claro, funcionó, pero con mucha suerte y a veces con ayudas arbitrales. Brasil ganaba, y el problema no era que "no gustaba" (mis disculpas). Era que ganaba o empataba con casi nada, con muy poco, y en cualquier momento -en cualquier Alemania-, le iban a pasar por encima. Casi pasa con Argentina. Por fortuna para ellos, justo cuando tenía que enfrentar equipos fuertes, Sabella reaccionó y acomodó al equipo. Que hubiera jugado contra Holanda como jugó en primera ronda y habría sufrido también una vergüenza. Brasil salió contra Alemania con la misma idea en la cabeza que los demás partidos, olvidando que no estaba Neymar ni Silva. El fracaso era seguro.

Habría que dedicarle una entrada, y acaso un blog entero, a la línea de tres con la que finalmente Löw dio en estos últimos partidos: Khedira, Kroos, Schweinsteiger. Solo los menciono para resaltar lo que sugiero en esta entrada: en esa parte del campo se gana o se pierde un Mundial, y se le anuncia al mundo quién se es.



Otras inquisiciones (o Contra la nostalgia de V)




Antes de la estrepitosa (se han agotado los adjetivos para calificar el 7-1) caída de Brasil, se repetía una y otra vez la ausencia de jogo bonito, y se conmemoraba y se recordaba con nostalgia e ingenuidad. No hay espacio aquí para decir que jogo bonito no fue lo de 2002 ni lo de 1994, como algunos erróneamente alegan (entre esos los principales periodistas deportivos de Colombia). Romario, Bebeto, Rivaldo, Cafú, Ronaldo, Ronaldinho, todos fueron grandes jugadores, mucho mejores que los de la selección de hoy, más amables con el balón, más dados al jogo bonito, pero ni Parreira ni el Scolari modelo 2002 (igualito al 2014) los pusieron a jugar así.

¿Qué es, qué fue el jogo bonito? Por sobre todas las cosas fue una época. Podemos situarla principalmente entre el 58 y el 70, pero muchos hablan también de la selección brasilera del 82. Y hasta ahí. Una época, no una esencia, ni una identidad (ver la entrada anterior sobre Pinto, para quien tenga dudas); disculpen la falta de dramatismo: el fútbol brasilero no nació jugando así, no corre por la sangre de sus jugadores, la samba y el fútbol no están unidos fatalmente. Sobre las razones por las que perdió Brasil tengo una teoría que trataré de esbozar cuando no tenga que defender al fútbol de Victoria. Por ahora...

Unos días antes del partido contra Colombia, Neymar lanzó la bomba: hay que ganar, jugando bien o mal, tenemos que ganar. Hoy, Constaín lanza el lugar común: “lo único que tenía que hacer Brasil era jugar bien, mejor que nunca”.

No sabemos qué cosa sea la vida. Por eso es normal que tanta religión y tanta literatura de autoayuda exista (y tanta filosofía y tanta literatura, claro). No hay un libro primero, no hay a quién preguntarle, no sabemos qué debemos hacer, qué hacemos aquí, por qué. Las religiones y la literatura (de una y de otra –excepto aquella) y la filosofía (excepto aquella) y la ciencia (…) y las madres y los presidentes y los periodistas y los abogados y casi todos se encargan de ocultar esa única obviedad escribiendo libros primeros, inventando a quién preguntarle, fingiendo saber qué hacer, cómo, por qué.

El fútbol es diferente: sabemos lo que es. Está escrito en un reglamento que aunque ha cambiado en algunos aspectos, se mantiene firme en el principal punto desde la primera vez que se redactó: el objetivo es ganar y gana el que meta más goles. Eso es el fútbol, sencillamente, claramente; sin retórica ni poesía, lo lamento. La generación brasilera del 50, 60 y 70 no nos enseñó “que lo importante no es ganar o perder sino saber jugar: jugar bien, jugar bonito” (Constaín). Acaso alguien pueda haberlo aprendido, o mejor, parece que muchos lo aprendieron, pero no para el fútbol (sí para sus vidas, su moral, su moda, su “filosofía”, su discurso de inauguración en unas olimpiadas de la primaria). Lo que nos enseñó el jogo bonito era que con jugadores que tuvieran la capacidad (¿cómo pedírsela a Fred? ¡Cómo!) y habilidad con los pies, y la coordinación y la ofensiva en equipo, era casi imposible perder. Disculpen de nuevo la simpleza: el jogo bonito servía para ganar y por eso servía (futbolísticamente, repito, sin Victoria). No se le podía pedir a Scolari que jugara a eso cuando no tenía los jugadores para hacerlo. Había pocos dotados: Neymar, Oscar, Dani Alvez… ¿David Luiz, Fernandihno? Lo único que tenía que hacer Brasil era ganar, como fuera (dentro del reglamento, claro), y Scolari no lo pudo hacer porque se equivocó, por terco, por optimista, por falta de mano de obra, por lo que sea.

En la vida se puede hacer lo que uno creía que debía hacer y dormir con la consciencia tranquila, si acaso uno cree que la vida es eso: hacer lo que uno cree que debe hacer; dormir con la consciencia tranquila. En el reglamento de la FIFA no se dice cómo jugar, ni hay consejos ni recomendaciones para dar lo mejor de uno, sin importar el resultado; no se pide conservar la esencia ni se prohíbe ofender “a quienes aprendieron a querer” un estilo de juego. Hay un escueto párrafo que se parece a las directas cartas que enviaba Rimbaud desde Abisinia: "El equipo que haya marcado el mayor número de goles durante un partido será el ganador. Si ambos equipos marcaron el mismo número de goles o no marcaron ningún gol, el partido terminará en empate".

Creo que escribiré esta entrada muchas veces.


viernes, 27 de junio de 2014

A Pinto (o Lecciones de la primera ronda)





Este Mundial nos ha recordado una obviedad que casi siempre opacan ciertos mitos: los partidos son concretos. Tal vez el resultado más impresionante que yo recuerde de los mundiales haya sido el de Costa Rica contra Italia (¿el Argentina-Camerún en el 90?; ¿el Francia-Senegal en el 2002?); no solo porque nadie lo esperaba futbolísticamente, sino por una cantidad de mitos que rodean el fútbol y que muchas veces terminan por ser verdaderos.

Hagamos el ejemplo con ese partido: en la fecha anterior Costa Rica había mostrado un excelente esquema táctico, una fortaleza física envidiable y varios talentos individuales frente a Uruguay. ¿Por qué debía ganar Italia? Por historia, por experiencia, por tradición, por tener jugadores en las mejores ligas del mundo (este último me parece un mejor argumento: estar en una liga exigente quiere decir que el jugador es exigido, se enfrenta a los mejores). Seguramente se me escapa alguna otra razón. Pero detengámonos por ahora en estas. ¿Historia? ¿Experiencia? ¿Tradición? Italia ha ganado cuatro copas del mundo, una Eurocopa, ha participado en casi todas las citas mundialistas, ha organizado dos de estas. Por el lado de Costa Rica, este es su tercer Mundial y... nada más. 

¿Cuál de estas razones juega efectivamente en el campo de juego? ¿Cuántos de los jugadores que actúan para Italia ganaron esos cuatro Mundiales? ¿Cuántos tuvieron que ver con la organización de alguno de las copas en Italia? Solo hubo tres campeones del 2006 en Brasil, pero una vez dentro del juego contra Costa Rica eran solamente lo que eran en ese momento. No compartían nada con los campeones del 34 o del 38, ni siquiera la camiseta.

Cuando decimos “los italianos” nos referimos a aquellos que han nacido dentro de un espacio específico, nada más. Actualmente ni siquiera eso: Thiago Motta, por ejemplo, nació en Brasil, y hay cifras que indican que hasta 85 jugadores nacidos en un país están jugando el Mundial con otro. Habría que apuntar entonces que decir “la selección de Italia” es hablar de una institución abstracta (de la que hoy no queda nadie vivo de aquella del 34) formada por diferentes jugadores concretos durante casi 100 años que han jugado bajo ese nombre. “Italia” no es nada más que eso, ni su esencia “defensiva” de la que tanto se habla, ni su historia, ni su tradición. Este mito se vuelve verdadero cuando hay quien se lo cree (idealismo básico). Hemos visto muchas veces que Italia gana “de camiseta” (que es otra manera de decir “historia”, “experiencia”). Lo hace porque al otro lado hay quien cree que la historia cuenta, que esa camiseta azul es la misma de hace ocho o treinta años, que corre las misma sangre por unas supuestas mismas piernas. 

Quitarse de la cabeza esas ideas no futbolísticas, sino culturales y humanas, es lo más difícil del mundo. Ese día hubo alguien que no creyó en eso y se lo hizo creer a sus jugadores.

jueves, 26 de junio de 2014

En defensa




Con las imágenes que tenemos creo que no hay duda: Suárez debió ser expulsado. El reglamento es claro: “juego brusco grave” o “conducta violenta”. Desde hace poco el reglamento también permite que pueda sancionarse a un jugador después del partido aunque el árbitro no lo haya hecho en el transcurso del juego. Suárez acaba de ser sancionado con nueve partidos y cuatro meses. ¿Cuánto le espera a Neymar por el codazo deliberado en el partido contra Croacia? ¿Y a Song? ¿Cuántos años sin fútbol a Fred por fingir de manera tan descarada? Pero… un momento… no, reviso y me entero de que no existe ninguna investigación en contra de estos jugadores.


No quiero entrar en el juego de las razones: que Uruguay es un país pequeño, que la persecución contra Suárez viene desde hace años, que la prensa brasilera puso presión, que la FIFA y Brasil… Lo que no me cuadra merece otro tipo de interpretación: ¿por qué un mordisco es sancionado de esa manera tan exagerada y drástica, mientras que un codazo o una patada, hasta un cabezazo son entendibles? La cuestión es moral; un mordisco es incomprensible: el tipo está loco, está enfermo, es un monstruo. Tampoco quiero ahondar en este aspecto ridículo y social de nuestra civilización (quien quiera hacerlo permítame remitirlo al cuento de Borges, “El informe de Brodie”). Este tipo de interpretaciones son entendibles en las redes sociales, en los chistes entre amigos, en la seriedad de la hora del té entre abuelitas, en el primer ministro, pero no corresponden al fútbol (si Adidas deja de patrocinarlo, que lo haga, si Cameron prohibirá a sus hijos ver los partidos del Liverpool y de Uruguay que lo haga). Ni la FIFA ni la prensa (cuya delgada línea entre sensacionalista y moralista se ve en estos casos, especialmente en Inglaterra) deportiva puede caer en eso. La democracia, como erróneamente hemos entendido por más de 2500 años, no consiste en lo que manda la mayoría –en este caso la crucifixión de Suárez. Consiste en tratar a todos por igual. No me parece que una patada deliberada que puede lesionar gravemente a un jugador, o un codazo que puede romperle la nariz a otro sean más tolerados que un mordisco que más allá del dolor del instante y la indignación social de nuestros moralistas, no tiene otra consecuencia. Más fútbol, menos Victoria. 

viernes, 13 de junio de 2014

De Van Persi a Borgetti (o pequeña reseña de goles de cabeza)





Quique Wolff se queja constantemente de la ausencia de goles de cabeza en el top de los mejores en ESPN. Muchas veces lo hace sin razón; es raro el fin de semana en el que los cabezazos que han terminado en gol puedan contarse entre los mejores.

¿Qué hace que un gol de cabeza sea un golazo? La jugada previa, la distancia desde la que el jugador cabecea, la dificultad del centro, la importancia del partido y del momento del partido. El fantástico gol de Van Persie hoy me recordó uno de los mejores goles que recuerdo en una Copa del Mundo. Tal vez los más recordados de cabeza sean los dos de Zidane en la final del 98 o el de Pelé en la final del 70, pero no sé si califiquen como grandes goles. De los ítems que arriba señalé tan solo cumplen con el último: la importancia del partido. ¿Qué tuvo el de Van Persie hoy? Creo que los cuatro, pero con un agregado: ¿Fue una palomita picada? ¿Una palomita en globo? Una palomita generalmente puede ser tan potente como un remate al arco, pero esta fue un suave globo que dejó perplejo a Casillas (¿fue su intención? ¿Quiso hacerlo Van Persie? Pero recuerden que los hombres y su voluntad son otro tipo de Victoria: tampoco cuentan para hablar de fútbol). Lo que quiero decir es que el agregado de este gol fue su extrañeza, lo que me lleva al punto principal.

En el 2002, México se enfrentaba en el último partido de su grupo contra Italia. Se definía quién pasaría primero del grupo (importancia del partido). En el primer tiempo, México recuperó una pelota en su propia área y la pasó y la pasó al borde del área italiana; en el video se puede oír el “ole, ole” (jugada previa). Cuauhtémoc Blanco lanzó un centro que pudo haberse perdido, que casi cualquier delantero habría perdido, que era un mal centro, en realidad (dificultad del centro), pero Borgetti hizo que se convirtiera en un pase preciso y fantástico a su cabeza. Cabeceó al borde de las 5,50, pero no al frente del arco ni al palo más cercano. Si nos ponemos a medir la distancia entre el cabezazo y el lugar por donde entra la pelota, podemos pensar que hay acaso los 11 metros del punto penal. ¿Y la extrañeza, preguntará el lector? Lo
hizo de espaldas a la portería. Borgetti le metió un gol de cabeza a Buffon, a Italia, en un mundial. De espaldas.

miércoles, 11 de junio de 2014

Predicciones





De afán dejo por acá mis predicciones:

Final: Alemania y Brasil.
Sorpresas: Costa de Marfil y Suiza.
Peores equipos: Irán y Australia.
Colombia eliminada en segunda ronda por Uruguay. Si le toca contra Italia, Colombia puede ganar y pasar a cuartos.

martes, 10 de junio de 2014

A un día del mundial



"Yo pensé que se hablaba mucho más de fútbol aquí,
es una pena"
Tata Martino




Dos eventos que son símbolos me llevan a empezar este blog. El primero ocurrió hace unos diez días mientras hojeaba el periódico del domingo por casualidad. Los artículos de política, de economía  y de cultura abundaban en moralismos. Esto sin contar que las secciones estaban divididas según lo que el lector debía (“debes leer”, “debes hacer”, “debes saber”). Los imperativos eran morales o funcionales, cosa que hoy en día (pero también hace 500 y 2000 años) es un pleonasmo: lo que es bueno es lo que sirve (ya lo ha denunciado Spinoza, con menos eufemismos que los míos). Nada me sorprendió tanto como cuando abrí las páginas de deportes. En un artículo, Jorge Barraza, importantísimo periodista, editor de la revista de la Conmebol, ¡argentino!, hablaba de la más reciente final de la Champions League. Adivinen en qué términos; sí, morales. Que si Ronaldo era buen tipo o no, que si el Real era ejemplo íntegro o no.

El segundo evento tiene que ver con un artículo de Terry Eagleton que leí también hace poco. Eagleton resume el viejo alegato contra el fútbol como el nuevo opio del pueblo. Aparte del irónico y fantástico comentario en el que define a Mourinho como el nuevo Uno Indivisible que reemplaza a Dios, el artículo es un ejercicio sociológico e intelectual lleno de lugares comunes; en su mayoría son ciertos, ese no es el punto, quiero evidenciar que todos están vedados por lo moral: ¿es el fútbol bueno o malo?

Nótese que mientras Barraza (y lo que simboliza) se ocupaba desde dentro del fútbol a juzgar moralmente a sus participantes, Eagleton (y lo que simboliza) juzgaba igualmente desde afuera la institución fútbol, la entidad como tal. Este último también denunciaba la falta de exigencia intelectual en las discusiones sobre este deporte (y no hay duda que Barraza es un buen ejemplo).


No quiero alargar más esta primera entrada, la brevedad intentará ser protagonista en este blog. La pregunta esencial es: ¿Es posible hablar de lo específico de este deporte sin falacias, seriamente (es decir, con ironía)? ¿Se puede hablar de una ética del fútbol? ¿Es posible dejar de jugar a ser Platón cuando se habla de fútbol? ¿Se puede tener una discusión sobre David Beckham sin hablar de Victoria?