jueves, 10 de julio de 2014

Otras inquisiciones (o Contra la nostalgia de V)




Antes de la estrepitosa (se han agotado los adjetivos para calificar el 7-1) caída de Brasil, se repetía una y otra vez la ausencia de jogo bonito, y se conmemoraba y se recordaba con nostalgia e ingenuidad. No hay espacio aquí para decir que jogo bonito no fue lo de 2002 ni lo de 1994, como algunos erróneamente alegan (entre esos los principales periodistas deportivos de Colombia). Romario, Bebeto, Rivaldo, Cafú, Ronaldo, Ronaldinho, todos fueron grandes jugadores, mucho mejores que los de la selección de hoy, más amables con el balón, más dados al jogo bonito, pero ni Parreira ni el Scolari modelo 2002 (igualito al 2014) los pusieron a jugar así.

¿Qué es, qué fue el jogo bonito? Por sobre todas las cosas fue una época. Podemos situarla principalmente entre el 58 y el 70, pero muchos hablan también de la selección brasilera del 82. Y hasta ahí. Una época, no una esencia, ni una identidad (ver la entrada anterior sobre Pinto, para quien tenga dudas); disculpen la falta de dramatismo: el fútbol brasilero no nació jugando así, no corre por la sangre de sus jugadores, la samba y el fútbol no están unidos fatalmente. Sobre las razones por las que perdió Brasil tengo una teoría que trataré de esbozar cuando no tenga que defender al fútbol de Victoria. Por ahora...

Unos días antes del partido contra Colombia, Neymar lanzó la bomba: hay que ganar, jugando bien o mal, tenemos que ganar. Hoy, Constaín lanza el lugar común: “lo único que tenía que hacer Brasil era jugar bien, mejor que nunca”.

No sabemos qué cosa sea la vida. Por eso es normal que tanta religión y tanta literatura de autoayuda exista (y tanta filosofía y tanta literatura, claro). No hay un libro primero, no hay a quién preguntarle, no sabemos qué debemos hacer, qué hacemos aquí, por qué. Las religiones y la literatura (de una y de otra –excepto aquella) y la filosofía (excepto aquella) y la ciencia (…) y las madres y los presidentes y los periodistas y los abogados y casi todos se encargan de ocultar esa única obviedad escribiendo libros primeros, inventando a quién preguntarle, fingiendo saber qué hacer, cómo, por qué.

El fútbol es diferente: sabemos lo que es. Está escrito en un reglamento que aunque ha cambiado en algunos aspectos, se mantiene firme en el principal punto desde la primera vez que se redactó: el objetivo es ganar y gana el que meta más goles. Eso es el fútbol, sencillamente, claramente; sin retórica ni poesía, lo lamento. La generación brasilera del 50, 60 y 70 no nos enseñó “que lo importante no es ganar o perder sino saber jugar: jugar bien, jugar bonito” (Constaín). Acaso alguien pueda haberlo aprendido, o mejor, parece que muchos lo aprendieron, pero no para el fútbol (sí para sus vidas, su moral, su moda, su “filosofía”, su discurso de inauguración en unas olimpiadas de la primaria). Lo que nos enseñó el jogo bonito era que con jugadores que tuvieran la capacidad (¿cómo pedírsela a Fred? ¡Cómo!) y habilidad con los pies, y la coordinación y la ofensiva en equipo, era casi imposible perder. Disculpen de nuevo la simpleza: el jogo bonito servía para ganar y por eso servía (futbolísticamente, repito, sin Victoria). No se le podía pedir a Scolari que jugara a eso cuando no tenía los jugadores para hacerlo. Había pocos dotados: Neymar, Oscar, Dani Alvez… ¿David Luiz, Fernandihno? Lo único que tenía que hacer Brasil era ganar, como fuera (dentro del reglamento, claro), y Scolari no lo pudo hacer porque se equivocó, por terco, por optimista, por falta de mano de obra, por lo que sea.

En la vida se puede hacer lo que uno creía que debía hacer y dormir con la consciencia tranquila, si acaso uno cree que la vida es eso: hacer lo que uno cree que debe hacer; dormir con la consciencia tranquila. En el reglamento de la FIFA no se dice cómo jugar, ni hay consejos ni recomendaciones para dar lo mejor de uno, sin importar el resultado; no se pide conservar la esencia ni se prohíbe ofender “a quienes aprendieron a querer” un estilo de juego. Hay un escueto párrafo que se parece a las directas cartas que enviaba Rimbaud desde Abisinia: "El equipo que haya marcado el mayor número de goles durante un partido será el ganador. Si ambos equipos marcaron el mismo número de goles o no marcaron ningún gol, el partido terminará en empate".

Creo que escribiré esta entrada muchas veces.


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